jueves, 10 de octubre de 2013

Por la Cultura

No descubro nada si digo que soy un gran amante de la Cultura y de todo aquello que resista ser etiquetado como tal. Por eso no creo que sorprenda a nadie si escribo este artículo. Hay cosas que duelen. Y la Cultura en España hoy duele. Mucho. 

Y duele porque este país ha demostrado en los últimos años que ni sabe ni quiere entender ni aprovechar la herencia y el potencial cultural que tiene. Una escandalosa y patética falta de aptitud y actitud que ha tenido su máxima y peor expresión en el llamado IVA cultural.

Lo lógico y honesto, siendo un país teóricamente civilizado, con siglos de historia a sus espaldas y con un tesoro cultural como pocos (Inglaterra, Francia, Alemania e Italia) o ningún otro en el mundo, sería presumir y alentar el conocimiento de la contribución española a la Cultura, en todas las Artes y campos que la integran. O incluso utilizarlo como un motor económico y turístico de primera magnitud. Pero no. Oficialmente, esto es, políticamente, se ha decidido en materia de Cultura ningunear el pasado y denigrar el presente quizás con la intención de erradicar el futuro. Sólo así se entiende la situación que atraviesan desde hace años las industrias culturales en España. Un panorama crítico al que han llevado los errores y desaciertos tanto de unos como de otros pero que sólo está en manos de los gobernantes poder solucionar. Y a la vista está lo que hacen...

Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que, como "industria", sea lo suficientemente accesible y esté lo suficientemente bien promocionada como para que su subsistencia no tenga que depender de subvenciones ni simpatías políticas. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura cuyo acceso a la misma esté condicionado únicamente por la formación intelectual, el gusto individual y el interés personal de cada uno. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que tenga al público como único promotor o censor de cualquier obra y artista. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que tenga en la Ley amparo y no cortapisa. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que hable a personas y no a votantes. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como algo que hay que enseñar a valorar y amar enseñar. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como algo sobre lo que se puede discutir pero no negociar. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como una de las pocas cosas de las que un español podrá siempre presumir. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como un elemento clave para mejorarnos como personas y ciudadanos porque, además de entretener y evadir, consigue algo fundamental en cualquier sociedad pasada, presente y futura: te hace pensar. Te agita la imaginación y te despereza la conciencia. 

Por eso, me da pena, me duele y me encabrona profundamente ver cómo está la Cultura en España actualmente. Me duele ver cómo se apoya oficialmente más un partido de fútbol, por ejemplo, que una película o una obra de teatro. O que, si de lo que se trata es de recaudar por aquello de la crisis, se deje inmaculado el obsceno, hueco y multimillonario chanchullo futbolístico mientras se saquea la Cultura, coartando el acceso social a la misma; lo cual conduce a la peligrosa conclusión de que en España se prima aquello que te hace desconectar el cerebro mientras se castiga a lo que te hace usarlo. Igual que me duele que los políticos tengan más prisa y agilidad por salvar a los indecentes bancos que a una industria como la cultural, que dice mucho más y mejor de un país que la cuenta de resultados de una entidad financiera. O que la actitud oficial cuando se piden explicaciones sobre el maltrato a la cultura sea peligrosamente similar a la de un violador que se exculpa diciendo "La culpa la tiene ella que se viste como una puta".

En definitiva, este artículo no va contra nadie porque va contra todos. Contra todos los que, sean políticos o no, han propiciado o decidido lisiar miserablemente la Cultura en España. Por eso, finalizo diciendo que, como español y como persona, quiero a la Cultura. Quiero la Cultura. Quiero Cultura

miércoles, 9 de octubre de 2013

Boris Vian por Michel Gondry, La espuma de los días


Saqué la entrada sin mucha convicción, no por mi falta de fe en el bueno de Michel, que ya ha demostrado ser un autor sobradamente preparado tanto en publicidad, (para muestra dos botones):
videoclip musical (excelsas colaboraciones para The White Stripes, Radiohead, The Chemical Brothers, Kylie Minogue  y por supuesto Bjork): 
y cine: Con su ópera prima “Olvídate de mí”, a mí (valga la redundancia) y a muchos otros nos dejó boquiabiertos su originalidad.
Pues si parecía imposible trasladar a la gran pantalla el fascinante espectro Vian, y más aún esta novela, una de las más sustanciosas del poeta, (siempre surrealista, siempre músico también y siempre excéntrico, excesivo y genial), su obra quizás más conocida que constituye una cruel metáfora del amor en su sentido más pleno y romántico. Gondry da un paso hacia delante y sin miedo y haciendo uso de las armas que le caracterizan (creatividad a borbotones), una vez más obtiene nota más que alta. Nota alta y nota jazzística que a veces sube y otras baja (así es el jazz, no se puede atar  a una sola melodía), pero siempre fiel al libro sin improvisación ninguna, porque desde el principio a través de Duke Ellington nos imbuye de que este reto es posible, y a ritmo de lindy hop nos sumerge en ese manantial de imágenes que es la imaginación del autor de “Escupiré sobre vuestra tumba”.
Resaltar la caricatura de Sastre (en la vida real hubo un lío de faldas de por medio), y el maravilloso y tétrico final. Una película más que recomendable. 

Paisajes de tren, paisajes de mar

Peter llegó sofocado a la estación. Cargaba con su equipaje que constituía la totalidad de sus bienes materiales; una mochila sobre los hombros, una cazadora de cuero negra rockabilly y un ordenador en una bolsa de mano. Circunstancia que lejos de ser un inconveniente le hacía sentir como hombre libre y además ligero. Tras vacilar unos instantes se subió al tren dejando aquél país y con él toda su memoria y parte de su pasado. Lentamente, recorrió el pasillo con el billete entre sus dedos para sentarse en uno de los asientos junto a la ventana. Entonces sus ojos grises, como los del perro lobo yugoslavo tan típico en esa zona del mundo, se dejaron ir perdiéndose en el travelling que uno a uno los paisajes proyectaban a través del cristal: Suburbios, aparcamientos, estaciones en donde el viento luchaba en remolino contra las papeleras agitando papeles y bolsas vacías, envolviendo las oficinas colindantes y arrastrando su eterno suspiro sobre las industrias con sus chimeneas de humo azúl y sus paredes de ladrillo desgastado. Suburbios todavía castigados por una reciente guerra civil, campos de cultivo arrasados que no acababan de reverdecer e inexorablemente se sucedían en technicolor. No sabía cómo había acabado en ese vagón, en esa inhóspita ciudad del Este, pero, ¿Quién dirige verdaderamente el destino de su vida?, ¿Qué rumbo tomará el viento que todo arrastra? Inercia, movimiento de las olas, tiempos de la luna, marea. Mar de refulgir de espuma plateada y rota que rompía en sueños sobre su cabeza, de izquierdas, de derechas, en tubo, perfectas a la luz del sol… Se mezclaban con todos aquellos paisajes de tren repetidos, como las caras, como las personas, como los huertos, prados, montañas a lo lejos. Ciudades y extrarradios que limitan el espíritu, aceras desiertas en las que ya nadie aguardaba al ferrocarril porque la noche lo inunda todo, hasta los recuerdos y paisajes a través del cristal. Porque es lenta la marea y arrastrará la playa consigo y subirá tan alto que las olas saltarán sobre el paseo como queriendo llevárselo todo. Peter había por fin llegado a su destino.
 

El accidente


Mi hermano Tom me convenció demasiado rápido para viajar a la cara más difícil del Mont Blanc de Cheillón, y completar el descenso más peligroso de cuantos habíamos realizado. Tras recorrer las cordilleras de Alaska, el Colorado, Suiza y encargarnos del diseño de las rutas para la primera compañía que organizó heliesquí en el Himalaya, ahora nos enfrentábamos al mayor reto de nuestras vidas. Tanto Tom como yo estábamos sobradamente preparados a nivel físico y mental para la práctica de deportes de invierno en condiciones extremas. Tom, de veinticinco años había sido campeón olímpico de salto en su primera juventud y ahora por culpa de una lesión, se dedicaba a instruir a posibles futuros talentos de siete años en la Federación Estadounidense, y a participar en diversas expediciones a la Antártida pasando ocho meses incomunicado con temperaturas de hasta menos setenta grados (para estudiar los rayos solares y el deshielo fundamentalmente). Por mi parte, Johnny el roba almas de las rocas, así me bautizó un compañero indio en el sur de México tras salvarle de una avalancha, me dedicaba al rescate de turistas en las pistas de los Alpes, Canada, Argentina y Estados Unidos durante todo el año, compaginando este trabajo con el de escritor y columnista en diversas revistas de escalada. Nos subimos en el helicóptero con todo el material necesario. Habíamos proyectado en el mapa una travesía de tres días, íbamos a abrir nuevas vías, trazando con las palas de nuestros esquís sobre un pico nevado con una inclinación casi vertical de noventa grados. A medida que descendiésemos cruzaríamos pueblos, bosques nevados, glaciares y ríos. Nos enfrentaríamos a la montaña, la atacaríamos, respetando su esencia pero luchando por superar cualquier barrera que nos opusiese.
Propulsados por las aspas en dirección al macizo nevado, la sierra se levantaba imponente entre la neblina, y a medida que nos íbamos aproximando a nuestra montaña, fijé la mirada en sus cavidades bajo las nervaduras de roca, intentando fotografiar con la mente el mejor descenso, caídas amortiguadas por colchones de nevazo, el salto perfecto. El viento soplaba del sur a bocanadas de aire helado, haciendo temblar nuestra nave a sacudidas y golpes súbitos de aire. Tom con la mirada perdida en poniente ni se inmutaba, me pareció observar una sonrisa en sus labios apretados por el frío, podría estar rezando o dar gracias al cielo por semejante espectáculo. Cuando las hélices descendieron, las nubes se fueron deshaciendo, hasta convertirse en bolas de humo blanco, que movidas por las turbinas del motor terminaron de esparcirse, y nos ofrecieron todo el esplendor de las cimas, como dientes escalonados de un terrible depredador. Pronto saldría el sol y comenzaría nuestra aventura. Estábamos justo encima de la cima, suspendidos a unos metros de tierra escarpada, en un haz de aspas que nos sustentaban entre la nevisca y la niebla. Mi hermano me miró, y sin decir nada se ajustó las gafas de ventisca que recorrían casi la totalidad de su cara, anudó las ataduras de la mochila al pecho, clavó las puntas de las botas en los esquís y se arrojó al que había sido su hogar desde mucho antes de nacer. ¡Rock an Roll! – Esas fueron sus palabras de despedida al piloto. Tras chocar con los nudillos contra su casco a modo de adiós, yo también le dije- Ha sido un placer, a partir de ahora estamos en nuestro terreno, espero que todo vaya bien, Sayonara baby - Y me deje ir impulsando el cuerpo hacia delante, salté, cerré los ojos, consciente de que caería sobre una pequeña cornisa en donde aquél polvo blanco se amontonaba en gélidas ráfagas, creando pequeños huracanes de lava blanca.
Cuando me levanté del suelo divisé a mi hermano erguido sobre los palos en la cumbre, frente a él, una gran bola de fuego anaranjada, se alzaba majestuosa sobre una desembocadura en forma de v que creaban dos picos al entrelazarse. Pareciera que surgiera del azul más lechoso, frío y mágico de la noche, anunciando el nuevo día y una mañana que se presentaba cálida y repleta de energía.
- Me echarás de menos so cabrón, cuando te cases echarás de menos esto. – Me dijo Tom. - Claro que lo echaré de menos, no se me ocurre un paisaje más real y más perfecto. – Le contesté. - Ay que ver como te pones, ¡Pues yo solo sueño con esto! Anda comprueba que todo está en su sitio. – Y así, de este modo abrupto como el promontorio sobre el que nos hallábamos perdidos de toda civilización, terminó con la conversación que el mismo había comenzado. Entonces nos dedicamos como dos pobres tontos, durante unos minutos que pudieron ser horas y habrían sido días si no tuviésemos que hacer lo que habíamos venido a hacer, es decir deslizarnos, a la contemplación ensimismada de un paisaje crepuscular, atmosférico y único. Ante nuestros ojos se abría un dominio esquiable, cuyo primer tramo era probablemente el más peligroso debido a su declive, sinuoso, estrecho y recorrido por piedras, guijarros y trozos de mineral de toda índole tanto a los lados como en la propia pendiente. Espacio inmutable a ojos de pájaro. Mucho más allá, casi escondido, latía el valle con vistas al glacial, y aún más lejos el bosque, que desde donde nos hallábamos aparentaba enterrado por el efecto óptico que a veces provoca la altitud. A mi lado, sentía cada vez con mayor intensidad, como mi hermano no aguantaba más tiempo parado, lo conocía bien, como a un hermano, y amaba las alturas, pero disfrutaba más del vértigo del descendimiento. Arrastrado por unas ansias que bien sabía eran propensas a conglomerarse en su sangre, aparentemente templada y sin embargo palpitante y adrenalítica en su cúspide, comenzó la bajada, tras decidir, quizás prematuramente, que era la mejor pala para sobrevolar, aunque es bien sabido que una vez en la picota las posibilidades de descenso son tantas como pueda uno imaginar.
Seguí su estela, iba como propulsado bajo un manto de corriente glacial, se había propuesto sajar de una vez toda aquella nieve virgen. Hop, Hop, hop, ¡Vamos cabronazo! - Gritaba con los cascos puestos bajo el gorro, y la música a todo volumen. Levantaba las colas de las tablas con fiereza, agresivamente, doblando las rodillas a la altura del pecho, golpeándose a sí mismo con las piernas. Contraía todos los músculos del cuerpo para bordear o saltar una roca de gran tamaño, y acto seguido, cuando sus brazos se abrían durante una un segundo y el equilibrio aparentaba precario, continuaba con su travesía apocalíptica, de giros cortos, zig-zag, botes, y mil maniobras inverosímiles. Mi hermano poseía una destreza de acróbata y una forma de esquiar ligera y violenta, simplemente maravillosa. Por mi forma de ser o por la forma que tengo de entender este deporte, el esquí constituye una comunión con la sierra, no me enfrento al monte, me adapto a su espacio, me bebo su piel espumosa y fría. Disfruto de los pequeños desprendimientos de nieve que se producen a mis pies, de las pequeñas avalanchas que derivan a mi paso, formo parte de una ola que mana en cada giro, me considero un virtuoso y como tal esquío. Mi hermano se asemeja más a un pájaro, un mamífero con alas, capaz de lanzarse en picado contra lo desconocido. Pero no era el momento de congratularse en este primer intervalo, me veía obligado a girar sobre mi mismo, situando las suelas en perpendicular mientras rotaba con todas mis fuerzas la cintura para intentar alcanzarle, y si esto no era lo bastante duro, patinaba con los talones sintiendo como se descarnaban para frenar y no caer al vacío desde el acantilado. Ese tipo de desnivel era el ideal para mi hermano, su apoteosis estallaba a medida que cambiaba de marcha e incrementaba su velocidad. Ya no había lugar para las dudas, (puedes bajar estudiando el terreno, o una vez estudiado simplemente ponerlo en práctica), y eso es lo que hizo. Empezó a volar literalmente, ya solo caía, realizando algún giro esporádico, pero su firme propósito era saltar todas las cornisas verticalmente, sin atajos, sin miedo, atajando los golpes en la espalda con la mochila.
Entonces se escuchó tronar al cielo, como si se desprendiera de la tierra. Enormes bloques blancos comenzaron a romperse en una cascada descompuesta de tierra y nieve. Mi hermano aumentó la velocidad, la nevisca corría más rápido que nuestros esquís, las paredes se derrumbaban sobre la arena, rocas pulverizadas, árboles, lodo, cellisca que se lo llevaba todo a su paso, arrastrándolo hasta enterrarlo, en una feroz persecución de la naturaleza en estampida. El cielo ahora blanco se derrumbaba creando un vertiginoso espectáculo de barro y nieve en erupción, como un animal indómito royendo las entrañas de la tierra. Vislumbré a lo lejos como la meseta esperaba pálida a que el cielo blanco se desfondara sobre ella. Seguí el rastro que dejaba Tom, que ya no era Tom, se había convertido en un ave de buen presagio, halcón guía del viajero por la encrespada senda, millones de pájaros en desbandada a los que yo aturdido y desesperado me lanzaba en una carrera de supervivencia, agarrándome a la estela fluorescente que dejaba su anorak. Fueron cincuenta metros de caída, apenas una mirada a la oscilante tierra, otra a la quietud de la meseta con sus árboles todavía erguidos, otra a Tom en desbandada. Saltamos sobre la profundidad de la montaña, habría sido un gran salto olímpico.


Ya no queda nada

La luz de la luna se filtraba como un sol blanco y apagado a través de las cortinas movidas por la brisa caliente del tórrido verano. Fuera solo se escuchaba el rumor de la noche como un manto sobre la piscina del hotel, cuyas aguas teñidas de cloro temblaban al son del mar mediterráneo que respiraba a lo lejos. Peter permanecía recostado en el sillón con una cerveza en la mano y el móvil en su regazo, junto a la terraza, con el albornoz de baño abierto desde la cintura hasta el pecho. De pronto se escuchó un clamor de risas en el jardín, que se apagó tras cerrarse la puerta del otro bloque de apartamentos. No estaban solos aunque a primera vista el spa parecía desierto. (Está todo destruido. No queda nada). Sus pensamientos se perfilaban de forma nítida uno tras otro corroídos por la siempre oscura presencia de los celos. Los recuerdos como lobos rabiosos se agolpaban en los umbrales de su conciencia. Aquél bastardo que incesantemente la rondaba, con el que hace pocos días había quedado. Todos esos mensajes de móvil cargados de sexo que se le incrustaban en los ojos sin remedio. A través de las palabras vertidas en la pantalla fosforescente podía imaginar como la invitaba una y otra vez a gin-tonics, sus carreras a través de la pista de baile como un perro. Se puso en pie y chocó con un nido de latas de cerveza. El ruido no despertó a Daniela que yacía sumergida entre las sábanas de seda. Se quitó el albornoz e intentó vestirse, los dedos de una mano torpemente se escurrían una y otra vez entre los botones de la camisa, mientras sujetaba el resto de la ropa que encontró desperdigada por el suelo. -(No es verdad). Susurró Daniela a media voz o quizás las palabras brotaron de su propia mente atormentada y malherida por la pasión. Sí, de ahí provenían, intentó distinguir la cara de ella, parecía dormida, inhalaba suavemente y no podía haberle dicho nada en ese estado de profunda ensoñación. -(No, no lo es. ¿Entonces dime…? ¿Qué pretendes? Ya es tarde, está todo destruido, no queda nada). Se acercó a la cama, a duras penas apreció el cuerpo desnudo y laboriosamente bronceado y no pudo soportarlo más. Fue entonces cuando con sus manos rodeó el cuello de su mujer en una tibia caricia cargada de odio. Ella aún estaba dormida o esa es la impresión que le dio, porque no hizo ningún gesto de reprobación. -(No puedo, no puedo hacerlo). Se levantó con soltura, rebuscó en el parquet y la cartera apareció debajo de la alfombra junto a sus pantalones y las llaves del coche. Con los pies descalzos se arrastró hacia la puerta principal en introdujo la llave de plástico en la ranura. De pronto el frío metal en su sien le hizo olvidarse de todo. -(Si tú no puedes yo sí. No te vas a ninguna parte). Contestó Daniela, mientras le apuntaba con una pistola de pie y desnuda, a su espalda.