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domingo, 1 de diciembre de 2013

"El consejero" o cómo echarse a perder

El consejero es un ejemplo de cómo echarse a perder. Por un lado, la historia que aborda esta película nos muestra a unos personajes que se echan a perder por culpa de hacer tratos/negocios con quien no deben. Por otro, como producto cinematográfico, echa a perder a sí misma, es decir, a su potencial y con él las expectativas que se pudieran tener previamente, hasta el punto de que la valoración de sus partes por separado es (bastante) mejor que el resultado global y final.

Volviendo a la trama, El consejero rota en torno a un abogado al que la codicia condena igual que lo ha hecho a todas las personas que entran a formar parte de su nueva vida, la cual tiene como telón de fondo el cruel, atroz y globalizado mundo del narcotráfico. Paradójicamente, son las malas compañías, los condenados, los ya marcados por el destino quienes dedican más tiempo, palabras y esfuerzos de los necesarios y esperables a advertir y aconsejar (en vano) al abogado sobre el siniestro camino en que ha decidido meterse. Un personaje el del letrado (cuyo anonimato quizás apela a que cualquiera de nosotros puede autodestruirse sin darse cuenta) que parece empeñado en ignorar dos leyes básicas de Murphy. Una: si algo puede salir mal, saldrá mal. Y la otra: Si algo va mal, siempre puede ir a peor. Ésta es una historia de cómo lo malo va a peor, ejemplificado a través del colapso de la mayoría de los personajes que desfilan por sus tramas. Así, el espectador se sienta frente a un relato fronterizo, tanto en lo geográfico como en lo emocional, moral y vital. Una historia seca y áspera como sólo podía esperarse de su
guionista, Cormac McCarthy.

Y es precisamente el guión un buen punto de partida para hablar de cómo El consejero se echa a perder como película propiamente dicha. El libreto de McCarthy, debutante en este aspecto, tiene más de literatura que de cine y eso se nota. Dicho de otra manera, la cabra tira al monte. Así, el guión está trufado de frases o reflexiones (algunas huelen a literario ya sólo por su extensión) que chirrían en la pantalla pero que, leídas/pensadas/recordadas resultan brillantes muchas de ellas. Sentencias como "No hay nada más cruel que un cobarde" o "La verdad no tiene temperatura" y varias más que quedarían genial ilustrando una camiseta (como diría cierto crack) pero que resultan fallidas en pantalla. Primera conclusión: el cine y la literatura tienen distintas narrativas por algo. Por otra parte, los personajes, si bien están muy bien trabajados y definidos sobre el papel (mérito de McCarthy), en pantalla sólo están bien aprovechados y encarnados por unos francamente inspirados Javier Bardem (genial su demencial e indescriptible Reiner) y Brad Pitt. El resto del elenco se limita a cumplir el expediente tirando de oficio, siempre y cuando lo tengas (como Fassbender) o tu oficio no consista en enseñar tu felino palmito (...). Con lo cual, llegamos a la segunda conclusión: no basta con tener un buen personaje, hace falta tener a un buen actor/actriz o, en su defecto, a un buen director que sepa optimizar su reparto. Y así
llegamos al tercer aspecto de por qué El consejero se echa a perder: porque su responsable, el director Ridley Scott no lo ha evitado. Si no, habría corregido sus problemas de ritmo y su exceso de metraje, habría eliminado escenas que no aportan absolutamente nada, habría pulido el guión, habría solventado o suprimido ciertas lagunas y habría dirigido mejor a los actores. Y es una pena porque en los últimos años a Scott le sobran tablas y le falta la brillantez que demostró en sus inicios con joyas como Alien o Blade runnder. ¿Está en declive este director? Quizás. ¿Se le sobrevaloró en el pasado? Puede ser. Lo cierto es que Ridley Scott se limita a hacer lo justo para que la película no saque suspenso. Y eso no es de agradecer: no cuando tienes esa historia y ese reparto. En resumen, tercera conclusión: no hacer nada siempre es mejor que hacer algo mediocre.

Así las cosas, al terminar de ver la película, uno no puede dejar de pensar cuánto de premonitorio había en el diálogo que la inicia:
- ¿Sabes que me has echado a perder?
- Es lo que pretendía.

viernes, 29 de noviembre de 2013

La última hoja

Edward Barrons peinaba funerales, tenía la vida sin planchar y la sonrisa cerrada por derribo. Pero eso no le importaba. Vivía en una urbanización de las afueras donde nunca pasaba nada que no fuera el tiempo. Pero eso no le importaba. Tenía setenta y ocho años y murió a los setenta y tres. Y eso sí le importaba. Porque hacía cinco inviernos que ya nadie le llamaba “Eddie” ni le despertaba con olor a tostadas y café recién hecho ni le abrazaba por las noches en la cama aunque no hiciera frío. Aquella mañana, con la madrugada aún en retirada, se puso la bata que ya no olía a ella, dejó encendida la radio en la cocina y salió al cobertizo. Frío y viento para un hombre hueco. Otoño en el jardín. Y en el jardín, un roble. Y en el roble, una hoja. Una que bailaba su muerte como un ahorcado. Durante un instante, Edward Barrons pidió a Dios que esa hoja fuera la suya. Cinco minutos después, entró en la casa y subió el volumen de la radio. Música clásica para un mar de silencio.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Sandy

El 22 de noviembre de 1963 Sandy sólo tenía ganas de llorar. Aquella mañana el mundo se le había roto. Y los colores, todos, se habían retirado como payasos fracasados dejado una huella de blanco y negro en todo lo que podían ver sus ojos. Y los sonidos, todos, se habían vestido con el pesado luto del silencio porque aquello era lo único que entendían sus oídos. Y los sabores, todos, se habían vuelto tan amargos que su estómago se tomó el día libre. Y las sensaciones, todas, se habían borrado de su piel convirtiéndola en un imenso folio helado donde escribir condolenicas. Y los pensamientos y los sueños y las inquietudes que agitaban febriles su mente de noria se habían esfumado como un eco fantasmal, dejando el sitio suficiente para que cupiera el vacío, el agujero, la herida, la nada, la muerte. Y así estaba ella, en el jardín, recostada junto al porche, escondida de un mundo cruel, manchando con la hojarasca el abrigo que le regaló su abuela por su cumpleaños, con los ojos llorosos, la nariz moqueando y sus manitas apretadas con rabia bajo sus guantes de lana. Porque, aquella mañana, Sandy había conocido la muerte y lo único que le preocupaba era llorar, llorar con toda la fuerza de quien apenas ha aprendido a leer y ya quiere entender la vida, llorar como si las lágrimas obraran milagros, como si la pena de una niña de seis años fuera capaz de hacer recapacitar a la muerte. Dentro, en la casa, sus padres no tenían tiempo de consolarla ni de explicarle nada ni de engañarla ni de distraerla: en la radio había muerto una persona, en el televisor había muerto una persona y en Dallas había muerto el presidente de su país. Pero, aquella mañana, a Sandy, lo único que le importaba era que había muerto su gata.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Preparativos

Aquel iba a ser un día importante. Con el cuerpo aún húmedo tras la ducha caliente, alzó la mano, descolgó el albornoz de algodón egipicio y se sumergió en la neblina vaporosa que desdibujaba su cuarto de baño minimalista. Limpió de vaho el espejo, encendió un pequeño halógeno, cogió del estante su cepillo de dientes, aplicó sobre las cerdas su pasta dentífrica blanqueadora, la humedeció bajo el hilo de agua del grifo y se cepilló enérgicamente la boca cuatro veces, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Llenó un vaso con agua y se enjuagó la boca mientras contaba mentalmente diez segundos. Escupió. Volvió a beber, volvió a enjuagarse durante diez segundos y volvió a escupir. A continuación, aplicó nuevamente la pasta sobre el cepillo y se lavó la boca cuatro veces otra vez y repitió los enjuagues. Seguidamente, limpió el cepillo y lo colocó dentro del vaso. Cogió su colutorio de sabor mentolado, bebió un sorbo e hizo un último enjuage durante treinta segundos antes de escupirlo. Se quitó con cuidado el abornoz, lo colgó en el perchero junto a la ducha y así, desnudo, volvió ante el espejo. Buscó su aceite hidratante y empapó y masajeó todo su cuerpo con él. Mientras su piel asimilaba la loción, acercó su rostro al espejo y escudriñó cualquier imperfección que detectara en su piel, ya fuera vello no rasurado o un punto negro. Descartó afeitarse pero sí cogió su gel facial tonificante con efecto exfoliante y se lo aplicó concienzudamente por toda la cara. Durante cinco minutos, se quedó completamente inmóvil. Luego, una vez el gel ya había hecho efecto, se lavó en el lavabo con agua fría, empapó delicadamente su rostro en la toalla bordada con sus iniciales y limpió con ella las salpicaduras que había en el espejo y alrededor del lavabo. Tras doblarla perfectamente, dejó colocada la toalla en el toallero. Cogió su desodorante con olor a polvos de talco y se impregnó con él axilas y pecho. Dejó el spray en el estante y tomó su gel fijador con efecto mojado. Se empapó con él las palmas de las manos y untó con él su suave y largo cabello negro. Finalmente, se peinó escrupulosamente hacia atrás sin dejar ni un solo pelo al azar. Se lavó las manos con alcohol desinfectante dos veces. Apagó la luz. Salió del baño y sus pasos se perdieron por la tarima del pasillo, apenas alumbrada por las primeras luces del amanecer que se filtraban por el ventanal que daba acceso a la piscina del jardín. En su vestidor, rodeado de decenas de corbatas, camisas, trajes, zapatos, gemelos, relojes...hasta la ropa interior aparecía iluminada como un objeto de museo. Sus pies cruzaron la moqueta de aquí para allá intentando configurar el conjunto que llevaría aquella mañana. No podía ser cualquiera. Ese día no. Aquel iba a ser un día importante. Le iba a conocer mucha gente. Escogió la corbata de seda roja que había comprado en Milán el verano pasado, la camisa blanca que había pagado con tarjeta en Londres durante las rebajas, el traje gris perla con el que festejó la pasada Nochevieja en Nueva York, los mocasines que había comprado en París la última primavera y los gemelos de plata que le había regalado su mujer por su sexto aniversario de boda. Impecable. Perfecto para un día tan importante como aquel. Sólo quedaba un detalle más. Entró en su despacho, cogió su teléfono móvil y llamó a la oficina. Pidió a su secretaria que cancelara todas sus reuniones y que se disculpara en su nombre sólo con quien fuera estrictamente necesario. Se despidió amablemente y colgó. Aquel iba a ser un día importante. No convenía que en el trabajo se enteraran. Aún no. Metió su móvil en el bolsillo y fue al salón. Se sentó en el chesslong de cuero negro, se descalzó y encendió su televisor de plasma de ciento veinte pulgadas. Aún no habían comenzado los informativos matinales. Sonrió. Entonces, se dio cuenta de que había olvidado algo. Volvió al aseo, cogió el exclusivo frasco de colonia que había comprado previa reserva por internet y se perfumó el cuello y las manos. Ahora sí. Ya estaba preparado. Retornó al salón, se sentó en el chesslong y apagó el televisor. No quería distracciones. Sacó su telefóno móvil, marcó y con una voz serena y cordial dijo: "Policía, he matado a mi mujer". Un minuto más tarde, la conversación había terminado y él seguía sentado en su chesslong, mascando pausadamente chicle con sabor a menta polar mientras contemplaba el cuerpo decapitado de su mujer, caído junto a sus zapatos, tal y como lo había dejado anoche. Sí. Aquel iba a ser un día importante.

martes, 5 de noviembre de 2013

Karen

Media hora. No me dejo nada. Bueno. Ya está. Dios. Qué gusto. Ojalá siempre hubiera sido así. Todo tranquilo. Todo en su sitio. Todo en orden. Todo bien. Qué gusto. Es preciosa. Es una casa preciosa de verdad pero una casa preciosa no hace un hogar precioso y lo sabes, a quién engaño, nunca lo ha sido y tal vez el problema no es suyo ni siquiera nuestro sino mío por no querer darme de cuenta de eso o a lo mejor pensé que todo era cuestión de tiempo pero el tiempo no cura nada. Espero que lo entienda. Seguro que contaba con ello y si no tampoco es el momento de pararme a pensar en eso. Bastante tengo con lo que tengo. ¿Llevo todo? Debería quedarme. Quizás hablando lo arreglemos y él me entienda y podamos hacer las cosas bien. Pero qué estoy diciendo. Le he dado ochocientas oportunidades, a él, a mí, a todo. A lo mejor si no hubiera dado tantas vueltas al tema antes no habría llegado a este punto. ¡Tengo que pensar en mí por una puta vez en la vida, joder! Da gusto cómo huele. Qué maravilla. Míranos. Tan jóvenes. Qué estúpidos. Estúpida, estúpida, estúpida. Le quedaba genial ese traje. Qué guapo eras, bueno, y eres, cabrón. ¿Quién nos la sacó? ¿Fue su tío? Debería dejársela. No. Me la llevo, es lo poco bueno que queda aquí. Lo entenderá. Espero que lo entienda. Sería lo primero que entenderías, ¿verdad? Creo que llevo todo. Gafas, dinero para el taxi, billete, vale, todo. Joder, las llaves. Que haga lo que quiera con ellas. Bueno. Tranquila. Eso es Karen. Ya está. Ya lo has decidido. Es lo mejor. Va a ir todo bien. Va a ir todo bien y si no pues ya veremos. Aquí no hay nada por lo que luchar. Tienes que mirar por ti porque él no lo hará ni lo ha hecho nunca. Ya está. Ni lágrimas ni nada. Media hora. Vamos, Karen. ¡Vamos! Puedo. Puedo. ¡Puedo! ¡Vamos!

lunes, 4 de noviembre de 2013

23:05 gin-tonics

Las once y cinco gin-tonics de la noche. Sepultado por el tintineo de copas, silenciado por la estridencia de carcajadas impostadas, asediado por enjambres de ojos, acosado por la alegría très chic, atrapado en trincheras de corbatas y tacones, naufragando en un sofisticado mar de desinterés, arrinconado por el anonimato, paralizado por la mascarada, aferrado a la barra libre en extinción, aplastado por una anodina bóveda de escayola, difuminado en una niebla de cigarrillos, ninguneado por un bosque de espaldas de seda, perdido en un salón de cien metros cuadrados, asfixiado por la corbata del compromiso, desterrado a ninguna parte y encadenado a la cortesía, Dylan Wright miraba la puerta de salida a un millón de excusas de distancia.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Thor: Brillante oscuridad

Ayer vi Thor: El mundo oscuro, segunda película protagonizada por el célebre dios nórdico (tercera si contamos Los Vengadores). El mejor resumen que se puede decir es que cumple perfectamente la ley de cualquier buena secuela: superar a la precedente. Y eso, teniendo en cuenta que aquella era el Thor de Kenneth Branagh, son palabras mayores. El ritmo, la historia, las interpretaciones, la evolución de los personajes, la potencia visual, el dramatismo, la épica, los efectos especiales, los cameos...todo en The Dark World es claramente superior en cantidad y calidad a la ya de por sí buena primera entrega. Esto dice mucho en favor de su director, Alan Taylor, que debuta en el cine tras su exitoso paso por series como Juego de tronos, Mad Men o Los Soprano. 

Si la primera película consistía en solucionar la duda de si Thor
era digno de su poderoso martillo, ésta aborda el interrogante de si el dios del trueno es digno del trono de Asgard, dado que la cuestión que parece flotar sobre todo el film es hasta dónde estarías dispuesto a llegar por hacer lo necesario. Por eso, Thor: el mundo oscuro sigue profundizando en el viaje iniciático del protagonista aunque, esta vez, enfrentándolo a sucesos y decisiones mucho más duras a raíz de la aparición de un nuevo enemigo, el elfo oscuro Malekith, empeñado en sumir a toda la creación en el vacío primigenio del que él salió. Así, esta película tiene unos niveles de drama y tragedia (muertes incluidas) tan inesperados como interesantes y que suponen una ampliación del mundo interior de Thor paralela a la ampliación del mundo exterior que vemos en la trama. De esta manera, combinando la acción más apabullante con el humor bien dosificado y la hondura emocional de algunas escenas, Thor: The Dark World se revela como noventa minutos de excelente entretenimiento, tanto para los fans de los cómics como los de las películas marvelitas.

Pero esta reseña quedaría incompleta si no hablara del gran
activo de la película y de la historia que nos cuenta. El personaje que roba el show. El tipo que, pese a las cosas que hace (o quizás por eso mismo...), tiene un carisma incontestable: Loki. Simplemente genial, tanto el personaje como Tomm Hiddleston, el actor que lo interpreta (disfrutando de forma evidente). Decir que Loki es lo mejor de la película no es un desprecio ni una locura: es ser honesto.

Por último, redundar en algo que todos los que seguimos las películas de Marvel ya sabemos: Hay escena post-créditos, que indica claramente por dónde van a ir los tiros y cuál será el conflicto central de la futura Los Vengadores 3.

¿Se puede pedir más a esta película? Sinceramente, no. Lo tiene todo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Los otros monstruos

Al amanecer, ya sólo quedaba el silencio y el brillo húmedo del frío. Ya no había máscaras ni disfraces, ni estómagos llenos ni copas vacías, ni risas de hiena ni palabras de carrusel, ni miradas perdidas ni cuerpos encontrados, ni tacones en las calles ni pensamientos bajo el neón. Sólo quedaba en pie el miedo. Ya no había ni brujas ni vampiros, ni fantasmas ni asesinos, ni muertos ni revividos, ni criaturas imposibles ni improbables sinsentidos. Los monstruos de todos se habían vuelto a dormir en su cama de hueso a la sombra del escalofrío, allí donde anidan todos los temores que nos acercan al filo abisal del vacío que es la muerte. Sólo quedaban en pie los otros monstruos. Los que no necesitan ni máscara ni disfraz ni maquillaje. Los que no son hijos de ninguna ficción. Los que tienen carne y hueso y nombre y apellidos. Los que respiran. Los que viven. Son los otros monstruos. Los que son capaces de violar a una mujer, golpear a un anciano o abusar de un niño. Los que ríen convirtiendo las vidas en hilos. Los que hacen de la maldad estadísticas y datos fríos. Los que transforman el silencio en la crónica de un aullido. Los que rompen el mundo en llanto y grito. Los que envenenan el aire que respiro. Los que reparten el apocalipsis a domicilio. Los que desgarran sin pedir permiso. Los que convierten cuerpos en nichos. Los que quiebran sonrisas y destinos. Los que vacían el sentido. Y a éstos, a los otros monstruos no hay Halloween que los conjure porque el horror nunca espera.

jueves, 31 de octubre de 2013

Interior residencia noche

Por la noche, la residencia era distinta. No había el intenso olor de los rosales que flanqueaban el jardín donde pasear los recuerdos raídos. Ni el cortante viento del páramo avivaba hasta la azotea de pizarra el frescor del césped recién regado. Ni sus lustrosos pasillos olían a la asepsia de la lejía. Ni el hilo musical animaba los murmullos del gran salón con melodías de los años cuarenta. Ni las caras de los residentes mostraban la química resignación de los medicamentos. Ni el director que soñaba con ser directora echaba cuentas en su despacho entre los gastos de los vivos y de los muertos. Ni la risueña recepcionista obesa hacía crucigramas en su escritorio mientras esperaba alguna visita. Ni el crematorio alentaba los muros del sótano con el calor del olvido. Ni la lánguida carretera que apenas partía la desolada explanada era transitada por coches que pasaban de largo. Por la noche, todo era distinto. La luna desangraba los colores de la fachada mientras la helada reptaba entre las ventanas enrejadas. Las cañerías gargareaban bajo el ladrillo un blues de ratas y detritos. El techo se impregnaba del olor a sudor y orín de quienes manchaban de sí mismos pijamas y sábanas. Los pasillos lloraban la orfandad de pasos bajo la incierta lumbre de las luces de emergencia. Las puertas de metal de las habitaciones sofocaban las gargantas quebradas y los corazones acelerados de quienes pesadilleaban a un lado u otro de la almohada. Y en el sótano sólo quedaba un mantillo de polvo y ceniza. Por eso le encantaba la noche. Porque él era distinto. Porque él, como la noche, sólo podía existir cuando el mundo cerraba los ojos. Porque él, como las pesadillas, solamente tenía cuatrocientos ochenta minutos para demostrar de lo que era capaz. Aquella noche, tocaba la habitación número 40, en la tercera planta. Como tantas veces antes, hurgó en el bolsillo de su bata y sacó el llavero. Inspiró una...dos...tres veces. Se colocó los auriculares en sus oídos. Subió el volumen y dejó que el Réquiem de Mozart fuera su única conciencia. Se humedeció los labios. Se caló la máscara. Sonrió y abrió la puerta. Al otro lado, en su cama, sobre un colchón raquítico, dormía sedada por las pastillas la señora Charlotte. Cerró con cuidado la puerta. Corrió el pestillo. Se quitó en silencio sus mocasines y se aproximó sigiloso hasta su cama. A sus noventa y tres años, la ardiente belleza de su juventud había quedado reducida a unas ascuas de piel y hueso. El látex de la máscara se humedeció con el aliento excitado. Inspiró una...dos...tres veces. Aproximó su mano hasta la boca de la señora Charlotte. Ella abrió los ojos y él apagó su grito.
Media hora más tarde, él salió de la habitación. Se quitó la máscara y una sonrisa triunfal emergió de las profundidades de su alma. Al fin y al cabo, ¿quién iba a preocuparse por una anciana senil y sin familia? ¿Quién iba a creer que el diablo lleva bata blanca, zapatos italianos y consume caramelos mentolados?

martes, 29 de octubre de 2013

Don Juan Undead

Tal es mi historia, señores; pagado de mi valor, quiso el mismo Emperador dispensarme sus favores. Y aunque oyó mi historia entera, dijo: «Hombre de tanto brío merece el amparo mío; vuelva a España cuando quiera»; y heme aquí en Sevilla ya...La espléndida cena apenas dejaba ver una porción vacía del ornado mantel en el que comían como insaciables carroñeros aquellos tres caballeros. La luz de las velas arrojaba fantasmas imposibles sobre las paredes de aquel salón ebrio de camaradería en el que el olor a vino, sudor y carne asada abrigaba anécdotas, bocados y eructos por igual. Tras años sin verse, mucho tenían que contarse y engañarse aquellos hombres que antaño competían por ver quién arrebataba más vidas y virginidades. Y así, mientras sus mentes relamían las heridas abiertas y las vaginas profanadas, llegó un nuevo brindis exaltado...en burla y memoria de un muerto: Mas yo, que no creo que haya más gloria que esta mortal, no hago mucho en brindis tal; mas por complaceros, ¡vaya! Y brindo a que Dios te dé la gloria, Comendador. En ese momento, un aldabonazo rompió la fiesta, quedando sólo en pie el silencio. Tras unos instantes de inquietud, los comensales volvieron a su onanismo nostálgico y retornaron a la placentera calma de sus historias de sangre, acero y semen...hasta que, de nuevo, un golpe tronó en las parades de la casa. Y luego otro. Y otro. Y otro más. El aire se volvió pesado, rancio y pestilente, como si el salón se hubiera tornado el vientre vacío y putrefacto de un cadáver. La sangre era un río helado por el que navegaba el miedo. Pasaron de siete ya los misteriosos golpes cuando el anfitrión, para calmar a sus dos inquietos invitados y tal vez a sí mismo, apuró un trago de vino y les instó a conservar la calma, achacándolo todo a una broma...que él estaba dispuesto a seguir al exclamar desafiante: ¡Señores! ¿A qué llamar? Los muertos se han de filtrar por la pared; adelante. Dicho esto, puertas y ventanas reventaron y por ellas se colaron decenas de muertos hambrientos de vida. Todo se resolvió muy pronto. El primero en morir fue el leal criado, Ciutti, a quien una ramera degollada había arrancado la nuca de un mordisco y con cuyas tripas jugaban risueñas dos niñas gemelas fallecidas por las fiebres hacía diez inviernos. El siguiente fue don Rafael de Avellaneda, a quien un viejo indiano había arrancado el esternón, convirtiendo su orlada pechera en masa deforme por la que se escurrían sangre y vísceras por igual, para regocijo de los asaltantes de ultratumba. Por suerte, su amigo, el capitán Centellas, no pudo ver el triste final de su camarada porque para entonces una dama de la alta sociedad sevillana, fallecida al ser madre hacía tres años, degustaba sus dos globos oculares como si fueran exquisito caviar mientras un truhán sin media cara y un alguacil con un balazo que le salía por el ojo le arrancaban brazos y piernas con la facilidad de quien despiezaba un pollo asado. En cuanto al anfitrión, don Juan, vio cómo el apellido de los Tenorio se extinguía mientras el comendador Gonzalo de Ulloa hundía su huesuda mano en su columna vertebral, don Luis Mejía hincaba sus dientes limpios de carne en su mano diestra, don Diego trataba torpemente de arrancar el brazo izquierdo de su hijo y doña Inés sumergía por última vez su boca en su carnosa entrepierna hasta que la sangre salió disparada tiñendo de escarlata los roídos hábitos blancos de la que fuera novicia. Y así, mientras le arrancaban la vida, bajo el enjambre gutural de los muertos, don Juan Tenorio pronunció sus últimas palabras: ¡Ay, joder! 

domingo, 27 de octubre de 2013

James Wan: el arte del miedo

Tras sólo haber dirigido cinco películas "de miedo" (la última estrenada el pasado viernes), el australiano James Wan se ha revelado como un maestro de este género, porque lo cierto es que, hoy por hoy, sólo Rob Zombie, Hideo Nakata y él ofrecen argumentos sólidos para ser referentes totémicos en el futuro, igual que hoy hablamos con admiración de Carpenter, Craven, Hooper y compañía. El resto de los horror directors actuales (Roth, Aja, McLean, Nispel...) están cayendo o bien en el efectismo o en el ostracismo o en la mediocridad. Por eso, teniendo presente que hace no mucho anunció su intención de abordar otros géneros, merece la pena analizar la personalidad que este director ha mostrado en sus películas de terror.

De ahí que este artículo no pretenda ser una loa a Wan sino
analizar su sello distintivo, basándome para ello en las películas que este joven realizador ha conseguido colocar en la filmoteca particular de todos los amantes de los pelos de punta. En ese sentido, sería ridículo olvidar al compañero creativo de Wan, Leigh Whannell, con quien forma una curiosa dupla que los convierte en algo así como los Spielberg-Lucas del cine de miedo. Juntos, uno con la cámara y otro con el guión, nos han regalado thrillers espeluznantes como SaW, películas aterradoras como Insidious (Capítulos 1 y 2) y un film menor pero que sirve para identificar con claridad su ADN del terror como Silencio desde el mal. Sin embargo, resulta curioso que, sin Whannell como escudero, Wan hiciera el peliculón que le coronó como el nuevo capo del terror: The conjuring. ¿Qué conclusión sacar de eso? El talento del tándem Wan-Whannell funciona tanto juntos como por separado.

Pero, centrándome en el objetivo de esta reseña, ¿qué caracteriza las películas de terror de James Wan? Vamos allá:
  • La apuesta por el suspense. Así como otros tipos prefieren el gore o jugar con el volumen del sonido para incomodar al personal, Wan apuesta por una narrativa que utiliza el suspense como herramienta para erizar el vello del espectador. No se trata tanto del susto en sí como de crear las circunstancias para aumentar su efecto. Es decir, te inquieta bastante ya sólo obligándote a imaginar lo que puede pasar. Y eso denota mucha inteligencia.
  • La trama como puzzle. Ocultar respuestas, causas o
    explicaciones de sucesos perturbadores para irlas descubriendo y encajando con precisión conforme avanza el metraje y la trama es algo bastante característico de sus películas. Esto, que es forma parte básica del arte de contar ficciones, no abunda en estos tiempos del "todo-mascado" y por eso hay que reconocérselo como mérito. Aquí, igual que sucedía con el punto anterior, apela a la "colaboración" del receptor para que la inquietud parta de una actitud consciente, activa, y no desde lo instintivo o irracional. De esta manera, sus historias sólo se pueden entender en su totalidad desde el final, desde la revelación que corona y cierra la trama, siempre y cuando el espectador haya estado atento. Nuevamente, un rasgo que demuestra mucha inteligencia al otro lado de la cámara.
  • El antisusto. Buen conocedor de las películas de miedo y
    delas reacciones del público, Wan juega en muchas ocasiones a mostrar justo lo contrario de lo que el movimiento de cámara o la variación en la música parece vaticinar. Es decir, justo cuando crees que viene un susto, no sucede nada. Así, desmontando la seguridad del espectador, le empuja a una situación donde no puede estar confiado porque no puede anticipar con facilidad, por muchas películas de terror que haya visto, lo cual es el marco ideal para asustarle con solvencia todavía.
  • Rojo muerte. Igual que ocurría en El sexto sentido de
    Shyamalan, el color rojo en las películas de Wan está muy vinculado a la muerte, tanto como hecho en sí (alguien va a morir o bien un fantasma va a aparecer), como condición de una persona (alguien está muerto) o como lugar (ya hablemos del Más Allá o de un sitio donde alguien perdió la vida). Además, lo combina casi siempre con el color negro o el color blanco, lo que hace resaltar aún más su importancia visual y conceptual. Es como si Wan diera una pista al espectador para avisarle de que vienen curvas.
  • Imaginario infantil. En no pocas ocasiones, Wan muestra
    entornos (habitaciones) o elementos (juguetes, melodías, etc) que nos remiten a la niñez. Así apelando a un entorno que nos sensibiliza tanto, por su ausencia de maldad y defensa, construye un ambiente emocional perfecto para que que nuestros nervios se tensen como cuerdas de violín. En este sentido, cabe destacar la predilección que tiene Wan por los muñecos como heraldos o testigos del Mal, ya desde la mítica marioneta Billy de Saw.
  • Miedo tradicional. Tanto en lo conceptual (fantasmas,
    posesiones, maldiciones, asesinos, brujas...) como en lo técnico (una puesta en escena donde lo digital, aun estando presente, no lo parece), Wan siempre apuesta en fondo y forma por un miedo muy tradicional, como si renegara de cualquier artificio excesivamente llamativo por miedo a que "desconecte" al espectador. Así, las interpretaciones de los actores, la iluminación, el uso eficaz y "discreto" del sonido, el emplazamiento en entornos físicos (decorados o escenarios no creados o modificados por ordenador), el solvente uso de los movimientos de cámara y la evocación de terrores que nos asustan desde nuestra infancia (la oscuridad, lo oculto, lo invisible, lo inexplicable...) son ingredientes de una receta clásica que, en manos de Wan, no pierde frescura.
     
  • Look espectral. Los fantasmas que aparecen en sus películas
    (Silencio desde el mal, Insidious y The conjuring) tienen un aspecto muy particular: Están maquillados de forma que parecen más propios de una representación teatral o de una antigua película en blanco y negro. ¿Por qué? Para potenciar la expresividad y el histrionismo aterrador de esos espectros y, al mismo tiempo, darles una profunda sensación de humanidad, de fisicidad y, por tanto y aunque suene paradójico, de verosimilitud. En este punto, habría que citar la influencia (tal vez innegable después de cierto guiño en Insidious: Capítulo 2) de la película de culto El carnaval de las almas de 1962. 
  • El truco final. Ya desde la magistral SaW la mayoría de películas de terror de Wan incorporan un giro argumental final, una sorpresa (casi siempre negativa), un cliffhanger absoluto cuya única pretensión es dejar con un palmo de narices al espectador. Sin embargo, al ser uno de sus rasgos más característicos, se ha vuelto previsible, lo cual no quiera decir que haya perdido eficacia, porque Wan oculta muy bien sus cartas. 
En definitiva, James Wan ha mostrado que se puede hacer cine de terror de calidad apelando a la inteligencia del espectador, apostando más por lo artesanal que por lo efectista y que conceda más importancia a contar bien la historia que a conseguir que las butacas entren en bradicardia.

sábado, 26 de octubre de 2013

El oficio de escribir

Por su indudable interés y su excepcional lucidez, reproduzco a continuación en su integridad el discurso que el escritor Antonio Muñoz Molina pronunció ayer en los Premios Príncipe de Asturias 2013:

Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio,cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces la recompensa de un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado, al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización,igual que hay descubrimientos con los que no se contaba. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia, pero no lo hace para sí mismo, por mucho que esa tarea la haga a solas y que en el simple hecho de llevarla a cabo haya una satisfacción privada. El resultado que se obtiene de ella alcanza una existencia objetiva, independiente de quien la realizó, y pasa a integrarse beneficiosamente en las vidas de sus destinatarios: un instrumento musical o una partitura, una herramienta, una mesa, una historia, un cuaderno, un cuadro, un cuenco de barro, una fotografía, un hallazgo científico, un paso de danza, la cura de una enfermedad, un prodigio deportivo, un plato bien cocinado, una pirámide de alcachofas en el escaparate de una frutería.

Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mendiante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación, que sirvan, doblemente, para explicar y predecir. En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos.
 
Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales,más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro.

Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento. Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento anquilosado y a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo, y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después, sin compensación posible, al talento verdadero que no brilló en vida.

El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el quetantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento.

Aun así, y dejando las responsabilidades de la ciudadanía en el lugar que les corresponde, el único remedio aceptable que conozco contra el desaliento del oficio es el oficio mismo. Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad y agradeciendo el entramado de o tros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios y más colectivos del mundo, como es solitario y colectivo el del músico y el del científico; agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.
 
En 1981 se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de estado. En su discurso de agradecimie nto, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al “aire de libertad que respiramos”. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, que constituyen el período más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces. En este tiempo se ha hecho adulta la generación entera que nacía por entonces, que es la de mis hijos. Sus vidas son ya más difíciles de lo que imaginábamos hace sólo unos años, pero es importante recordar que también aquellos tiempos de 1981 nos parecían amenazadores cuando nosotros los vivíamos. Y sin embargo no hemos dejado de respirar el aire de libertad que celebraba José Hierro. Sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco. Incluso nos hemos acostumbrado tanto a ella que corremos el peligro de no saber ya apreciarla. Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca. 

jueves, 17 de octubre de 2013

Madre Humo


No quedan secretos en esta casa. Ni risas. Ni pasos.
Se levanta del viejo de sillón de orejas que rompe la linealidad del parquet. En lugar de encaminarse hacia la cocina y comprobar el rigor mortis del fogón y el rítmico babeo del grifo, avanza lenta y silenciosamente hacia el pasillo, entre los rectángulos claros que motean las paredes amarillentas del salón. Se mueve con la pausa y la indiferencia propias de un espectro, impregnando los muros a cada paso con un penetrante olor a tabaco. En el pasillo, la penumbra. A su izquierda, un gran espejo cuadrado cubierto de tiempo. A su derecha, tres puertas. Vaga hasta detenerse un instante en la primera. Cerrada. La habitación de Jonás, el hijo mayor; el último en escapar. Dentro, en el suelo, dos cajas de cartón repletas de libros de Derecho y cedés de música abandonados hace tres años en una huida apresurada. "Me mudo a vivir con Laura". Como cada día, roza su puerta con amargura, como si lo maldijera, y continúa. La siguiente puerta está entornada. Así ha estado los últimos cinco años. El dintel revela la luz del atardecer que baña el cuarto de Candela, suspendido en la noche cuando arrojó veintiséis años por la ventana. Pasa de largo. Hoy tampoco hay lágrimas. El aire se ha vuelto amargo y denso a su espalda. No se inmuta. Aguarda ante la tercera puerta. Está abierta. Es el dormitorio. La lámpara de la mesilla arroja acostumbrada un halo de luz mortecina. El armario está abierto pero apenas hay vestidos. Hay paquetes de tabaco tirados entre pelusas de polvo. Unas bragas grasientas cubren el cuello de una botella de ginebra a los pies de la enmarañada cama de matrimonio. Poco más allá, un vaso roto por el que corretea una cucaracha. Sobre el cabecero, una foto de familia: dos padres posando sonrientes junto a sus dos hijos pequeños. Los buenos tiempos; antes de que todo fracasara. No entra. El intenso olor a humedad anticipa la proximidad del lavabo y la gotera que reblandece su techo cada día. Antes de doblar la esquina y divisar el baño se disuelve como una espuma fantasmal reapareciendo de nuevo en el viejo sillón del salón para, sentada en su trono de un reino baldío, dejar que los minutos se caigan marchitos como hojarasca.
Tiempo después, quizás dos horas, quizás seis, Mercedes rompe su inercia y aplasta su octavo cigarrillo en el cenicero de cristal que reposa en el brazo derecho del sillón de orejas. Busca el mechero entre los pliegues de su camisón, hurga en la cajetilla que sostiene su vientre y enciende un nuevo cigarro. Una nueva bocanada recorre la casa dispuesta a borrar con su aliento de ceniza las palabras “esposa”, “madre” y “familia” de todos los muros. Mientras, sus ojos, duros, indolentes, vuelven a perderse en la nada.
Dos años más tarde, el trajeado vendedor de una agencia inmobiliaria entra en el piso flanqueado por una joven e ilusionada pareja de posibles compradores. Todo el domicilio está diáfano pero ella sigue allí. Su alma de humo lo envuelve todo.

martes, 15 de octubre de 2013

"The Boys": Superhéroes para adultos

Recientemente ha salido a la venta el apoteósico número final de la colección The Boys, un ejemplo de cómo el noveno arte puede entretener al público adulto gracias a su brutal (en fondo y forma) visión del mundo de los superhéroes que todos conocemos.

El cómic cuenta la historia de un extravagente grupo de operaciones encubiertas dedicado a poner freno a todos los desmanes y disparates cometidos por diversos superhéroes, que se han puesto el mundo por montera y cometen toda clase de perversiones y salvajadas sabedores de que nadie les puede hacer frente. ¿Nadie? Perdón, casi nadie. De todos modos, lo más entretenido de The Boys no es tanto comprobar cómo Carnicero (así se llama el líder del grupo) y compañía ponen en su sitio (la UCI o la tumba) a tanto "súper" descontrolado como descubrir los personajes y grupos súperheroicos que aparecen parodiados bajo distinta apariencia y nombre. Así, por las páginas de The Boys vemos desfilar enfermizas y demenciales versiones de Supermán, Batman (y Robin), La Liga de la Justicia, Los Vengadores, La Patrulla X, Los Nuevos Titanes...La plana mayor de los personajes de Marvel y DC Cómics son parodiados brillante y salvajemente en esta colección, lo cual es un valor añadido a la ya de por sí interesante trama de acción y
conspiranoia superheroica que vertebra la historia. Y es interesante porque esta obra responde a una cuestión que muy pocas veces se aborda en un cómic: ¿qué se podría hacer si en un mundo protegido por superhéroes éstos hicieran un uso abusivo de su estatus?

Lo cierto es que no es habitual hacer/leer un cómic de superhéroes destinado tan claramente a un público adulto y menos aún a través de personajes originales y menos todavía utilizando haciendo un apabullante despliegue de violencia gore, sexo explícito, vocabulario corrosivo y un despiadado sentido del humor más negro que la noche. Todas esas son las señas de identidad de The Boys pero también de su creador: Garth Ennis, el historietista irlandés responsable de joyas tan bestiales (y no aptas para personas sensibles) como Predicador, Crónicas de Wormwood o Crossed.

Así las cosas, The Boys habría que situarlo, por originalidad, calidad y capacidad de impacto, en lo más alto de la lista de cómics para adultos con temática superheroica en el que encontramos la magistral The Authority o las interesantes Irredeemable y Rising Stars.

En definitiva: Si alguien tiene una mente lo suficientemente
abierta y un estómago lo suficientemente fuerte y quiere leer algo alejado del estándar de Marvel/DC, que no dude en leer un cómic que hace que cualquier película de Quentin Tarantino parezca de Disney aun siendo igual de entretenido. ¿Se puede pedir más?

jueves, 10 de octubre de 2013

Por la Cultura

No descubro nada si digo que soy un gran amante de la Cultura y de todo aquello que resista ser etiquetado como tal. Por eso no creo que sorprenda a nadie si escribo este artículo. Hay cosas que duelen. Y la Cultura en España hoy duele. Mucho. 

Y duele porque este país ha demostrado en los últimos años que ni sabe ni quiere entender ni aprovechar la herencia y el potencial cultural que tiene. Una escandalosa y patética falta de aptitud y actitud que ha tenido su máxima y peor expresión en el llamado IVA cultural.

Lo lógico y honesto, siendo un país teóricamente civilizado, con siglos de historia a sus espaldas y con un tesoro cultural como pocos (Inglaterra, Francia, Alemania e Italia) o ningún otro en el mundo, sería presumir y alentar el conocimiento de la contribución española a la Cultura, en todas las Artes y campos que la integran. O incluso utilizarlo como un motor económico y turístico de primera magnitud. Pero no. Oficialmente, esto es, políticamente, se ha decidido en materia de Cultura ningunear el pasado y denigrar el presente quizás con la intención de erradicar el futuro. Sólo así se entiende la situación que atraviesan desde hace años las industrias culturales en España. Un panorama crítico al que han llevado los errores y desaciertos tanto de unos como de otros pero que sólo está en manos de los gobernantes poder solucionar. Y a la vista está lo que hacen...

Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que, como "industria", sea lo suficientemente accesible y esté lo suficientemente bien promocionada como para que su subsistencia no tenga que depender de subvenciones ni simpatías políticas. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura cuyo acceso a la misma esté condicionado únicamente por la formación intelectual, el gusto individual y el interés personal de cada uno. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que tenga al público como único promotor o censor de cualquier obra y artista. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que tenga en la Ley amparo y no cortapisa. Yo siempre he creído y apostado por una Cultura que hable a personas y no a votantes. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como algo que hay que enseñar a valorar y amar enseñar. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como algo sobre lo que se puede discutir pero no negociar. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como una de las pocas cosas de las que un español podrá siempre presumir. Yo siempre he creído y apostado por la Cultura como un elemento clave para mejorarnos como personas y ciudadanos porque, además de entretener y evadir, consigue algo fundamental en cualquier sociedad pasada, presente y futura: te hace pensar. Te agita la imaginación y te despereza la conciencia. 

Por eso, me da pena, me duele y me encabrona profundamente ver cómo está la Cultura en España actualmente. Me duele ver cómo se apoya oficialmente más un partido de fútbol, por ejemplo, que una película o una obra de teatro. O que, si de lo que se trata es de recaudar por aquello de la crisis, se deje inmaculado el obsceno, hueco y multimillonario chanchullo futbolístico mientras se saquea la Cultura, coartando el acceso social a la misma; lo cual conduce a la peligrosa conclusión de que en España se prima aquello que te hace desconectar el cerebro mientras se castiga a lo que te hace usarlo. Igual que me duele que los políticos tengan más prisa y agilidad por salvar a los indecentes bancos que a una industria como la cultural, que dice mucho más y mejor de un país que la cuenta de resultados de una entidad financiera. O que la actitud oficial cuando se piden explicaciones sobre el maltrato a la cultura sea peligrosamente similar a la de un violador que se exculpa diciendo "La culpa la tiene ella que se viste como una puta".

En definitiva, este artículo no va contra nadie porque va contra todos. Contra todos los que, sean políticos o no, han propiciado o decidido lisiar miserablemente la Cultura en España. Por eso, finalizo diciendo que, como español y como persona, quiero a la Cultura. Quiero la Cultura. Quiero Cultura

martes, 1 de octubre de 2013

Una mirada

Al abrir los ojos, volvieron a ser dos. Ella. Él. Ambos. El mundo quedó reducido a las sillas y la mesa de madera que los separaba en silencio. El circo ambulante y febril de lo ajeno se extinguió en un relámpago de memoria y sentimiento. En apenas un segundo, veintitrés años de ausencia habían quedado reducidos a un instante, a un parpadeo que unía en lágrimas la despedida y el reencuentro de quienes se amaron con la feroz sencillez de los que son libres para hacerlo. Con los labios cerrados y los ojos abiertos, sólo la emoción supo el camino correcto para decir lo que cualquier palabra habría convertido en imperfecto. Lágrimas llenas para palabras huecas. Juntaron sus manos. Sabían que no tendrían tiempo suficiente para recordar todo lo que compartieron ni para contarse lo que no vivieron. Nunca es buen momento para el vals de la nostalgia cuando la ausencia quiebra como aullido y el vacío pesa, duele y rasga. Por eso bastaron unos segundos para que dos rostros a punto de derrumbarse se dijeran lo fundamental. Te quiero, ayer, hoy, siempre.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Triunfo y derrota

Sintió un profundo sentimiento de fracaso. En sus quince años como boxeador, a John “Thunder” Twain le habían roto el cuerpo más veces de las que podía recordar, pero nunca el alma. En sus sesenta combates, a John “Thunder” Twain le habían gritado de todo en un ring, pero nunca campeón. En sus veinte derrotas, a John “Thunder” Twain siempre le habían mirado su mujer y su pequeño con orgullo o con pena, pero nunca con vergüenza. En sus cuarenta victorias, a John “Thunder” Twain le gustaba creer que siempre había ganado a rivales peores que él, pero nunca mejores. A sus treinta y ocho años, a John “Thunder” Twain le agradaba pensar que los únicos golpes que le había dado la vida fue lejos de un ring, pero nunca dentro. Pero aquella noche, entre flashes y aplausos, con decenas de personas desconocidas levantando su cuerpo sudado y amoratado, coreando “Thunder” y “campeón” como si todos los ángeles del cielo hubieron apostado por él, John “Thunder” Twain miró a un rincón del ring. Allí, como un gigante herido, respiraba profunda y entrecortadamente Travis Johnson III, el antiguo campeón, el coloso negro que había sacrificado años de esfuerzo por un puñado de dólares, el ídolo que se había dejado vencer; el campeón que le había derrotado cayendo a la lona. Y, en ese instante, John “Thunder” Twain comprendió cuánto fracaso puede haber en una victoria.