martes, 8 de octubre de 2013

Gravity o La herida, cuestión de cine



Recientemente se han estrenado dos películas distintas en estructura, presupuesto,  narrativa, ambientación, historia… Que sin embargo coinciden en algo: Su arriesgado intento de acercarse al espectador más hambriento. Ambas desprenden ese aroma a autenticidad que tan sólo el cine con mayúsculas es capaz de transmitir.  
Mientras “Gravity” transcurre a tiro de piedra de la estratosfera, en donde la curvatura de la Tierra parece que se puede tocar con la yema de los dedos, en La herida Fernando Franco dirige su objetivo al rostro de Marián Álvarez, un universo en sí mismo, para captar todos los matices que puede ofrecer un rostro humano que sufre. Marián da vida a Ana, una mujer atormentada por su propio trastorno, incapaz de controlar sus arrebatos de indefensión ante la vida, ni de mantener un equilibrio psíquico frente a la realidad que le rodea. La protagonista de Cuarón en cambio es una heroína en los confines del espacio, (ese hasta hace relativamente poco, ignoto territorio en donde sólo los más aptos pueden desenvolverse), pero no es una heroína al uso sino alguien que tiene poco o nada más que perder. Mientras que Ana lucha desesperadamente contra sí misma, la doctora Ryan Stone, encarnada por una Bullock en estado de gracia, se convierte en la superviviente de su propio naufragio. Ryan es doctora, Ana también trata con enfermos (y en su trabajo es apta y comprensiva) y sin embargo es ella la que padece de modo convulso una enfermedad que la destruye anímica y psíquicamente, y a su vez se manifiesta de forma física a través de la constante autoflagelación. Mientras que Stone es una persona sana psíquicamente con una cicatriz provocada por la vida (posiblemente lo peor que le puede ocurrir a una persona en su sano juicio), Ana está herida (no sabemos hasta qué punto, ya que el director tiene la suficiente sensibilidad para sugerir más que mostrar), por un hecho que ocurrió en el pasado, pero que dejó una huella que acrecienta los síntomas de su enfermedad, su indefensión ante lo cotidiano, su incapacidad de pulir los límites de su dolor, y de mantener lazos de afecto equilibrados con cuantos le rodean.   
Si el momento cumbre en “Gravity” tiene lugar una vez traspasada la atmósfera a través de una fotografía inimaginable hasta ahora, producto de Emmanuel Lubezki, es frente a una pantalla de ordenador en “La herida” en donde su protagonista se desnuda (metafóricamente) y todos cuantos miramos hacia la pantalla de cine lo hacemos con ella. Si Cuarón hace uso de secuencias panorámicas casi irreales, la segunda se basta y sobra manejando con soltura planos secuencia de Ana en su mundo cotidiano. Cuarón nos invita a vivir una experiencia sensorial a Gravedad Zero, en donde bajo el cristal oscuro de las gafas de 3D, podemos flotar junto a los héroes de nuestro tiempo, (esos astronautas capaces de reparar satélites y hacer que vivamos en esta nueva era de tecnología), Fernando nos invita a iniciar un viaje humano peligroso, en dónde podemos compartir la agonía cotidiana de una persona enferma, a la que se acerca de tal modo con su cámara que nos hace partícipes de su padecimiento, incluso llegando a hacer que por momentos, atónitos, empaticemos con su extraña aflicción.
Dos apuestas, dos obras, dos formas de hacer cine igualmente válidas, igualmente honestas, que intentan llegar directas a la conciencia del espectador. En este caso prefiero dejarlo aquí, porque me tengo que ir ya, pero sería digno mencionar el encomiable trabajo realizado por los secundarios en ambas producciones, personajes capaces da arropar con su vitalismo y desenfado a los personajes femeninos protagonistas. Pasen y vean, escojan su película, pero no dejen de verlas.  

Cinema Paradiso



“Todo depende de cómo te afecte”- solía decir un amigo.  Me rondan sus palabras como una mosca.
Llevo una vida entera dedicada como espectador al séptimo arte. El cine, una industria cuya materia prima es el tiempo, se mueve con los tiempos que corren. Seamos tópicos. Se trata de una gran ilusión y una gran mentira que algunos necesitamos como el agua, ¡qué nos cuenten historias para no sentirnos incomprendidos en el mundo! Seamos más tópicos, hagamos la pregunta oportuna: ¿Qué no es una gran mentira si nuestros propios ojos nos traicionan?, y ya puestos como diría Groucho; "¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?"  En otras palabras, el buen cine empatiza con el hombre, con el espectador,  miente sin ser capcioso, te arrastra a través del desierto cotidiano en busca de agua ficticia, y cuando bebes el oasis se desvanece pero la sensación queda en la garganta. “Tele-transporte” por un módico precio, o no tan módico, pero que muchas veces vale el derroche.  “El amor es la respuesta, pero mientras esperas la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante interesantes”- dice Woody Allen. Acotación anodina en su sentido más literal o íntimo, pero aplicable al cine, (por algo Woody es cineasta). Expresémoslo de otro modo; Algunas películas son amores de verano, otras te enamoran para siempre (de aquí a la eternidad). Las primeras generan meras preguntas, las segundas dudas intemporales, por eso son obras maestras.

viernes, 4 de octubre de 2013

Contra el papel

El amor es una lucha constante contra la muerte
que en este momento acecha,
bajando por las paredes
en una cascada de sombra que gotea.

Las verdades tóxicas nacen de la tinta.
Nos gusta hacernos daño contra el papel,
como si al rasgar con el bolígrafo
atentáramos contra el propio corazón.

Cuando miras a otro lado,
me convierto en poeta de los rincones
y son versos casi épicos
que siempre se quedan dentro.

Carbón desgastado que en llamas aniquila,
fauces de chacales hambrientos,
es un miedo abisal
que nos arrastra a un lugar contrario.

Y tú te elevas un poquito y tiemblas.
Y yo suspiro una palabra y caigo,
y la cobardía huele como el azufre,
como almas condenadas al fracaso en una habitación.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La despedida

El bloque de pisos no se distinguía entre todos los de la calle, entre todos los del barrio informe: edificios de 6 o 7 plantas forrados de ladrillo visto de diferentes tonos de marrón, habitados por familias de empleados de clase media tirando a baja. 
Cuando su hermana preguntó quién era, Elisa dijo su nombre al telefonillo con soltura, como alguien que llega a una casa donde le conocen y es bien recibido. Aunque ligeramente deformada por un embarazo incipiente que ni ocultaba ni resaltaba con la ropa, era alta, delgada y con un porte cargado de dignidad. En silencio, mientras esperaba la respuesta, miraba alrededor con curiosidad despreocupada: el jardincito de enfrente con chopos que empezaban a brotar, los escasos coches baratos aparcados en batería y una mujer mayor con el carrito de la compra, de vuelta del mercado, que entraba en el portal de al lado. Sonó la apertura de la puerta sin ninguna palabra que la acompañara. Sin asomo de duda se dirigió al ascensor y presionó el botón del piso. 
Teresa estaba en la puerta entreabierta tapando el paso con su cuerpo, ni tan rubia ni tan estilizada como Elisa pero igual de alta, con una cara de facciones suaves en la que destacaban los ojos claros y hundidos y la boca fina y seria que también se reconocían en su hermana..
-¿Qué haces aquí?
-Me voy de Madrid y quiero ver al niño -dijo Elisa. 
La luz de la mañana entraba, amortiguada con cristales de pavés, por una ventana grande de la escalera. Había cuatro puertas en el rellano y un vecino había puesto dos macetas de Ficus en un rincón. 
-Hicimos un pacto -exclamó Teresa.
-Quiero ver al niño- repitió Elisa como si no la hubiera oído.
-Si te vas, vete. ¿A qué vienes aquí? ¿Qué estás tramando? -dijo Teresa apretando con más fuerza el quicio y cerrando tras de sí, todavía más, la puerta.
-Me voy a casar -dijo Elisa con una tranquilidad que contrastaba con la tensión de Teresa.
-Pero ¿A qué idiota has engañado ahora?-se burló Teresa intentando una risa que se quedó en mueca. -Y ¿Qué tiene que ver con nosotros?-añadió subiendo la voz -¿Qué quieres? Vete, cásate con el desgraciado que no te conozca y pare o desembarázate. Elige. Ya sabes cómo se hacen las dos cosas. No nos necesitas. Lo sabes hacer todo sin llorar una lágrima  Se me hiela la sangre con solo verte.
-Déjame entrar -dijo Elisa sin inmutarse.
-No. No está en casa pero no quiero que entres. No quiero que veas ni sus fotos. No quiero que sepas cómo es. No quiero que te vea nunca. No lo quieres.
-No pero, quiero verlo. Curiosidad, supongo. 
-No vuelvas, nunca -sollozó Teresa dando un giro brusco, entrando en la casa y cerrando la puerta.

martes, 1 de octubre de 2013

Una mirada

Al abrir los ojos, volvieron a ser dos. Ella. Él. Ambos. El mundo quedó reducido a las sillas y la mesa de madera que los separaba en silencio. El circo ambulante y febril de lo ajeno se extinguió en un relámpago de memoria y sentimiento. En apenas un segundo, veintitrés años de ausencia habían quedado reducidos a un instante, a un parpadeo que unía en lágrimas la despedida y el reencuentro de quienes se amaron con la feroz sencillez de los que son libres para hacerlo. Con los labios cerrados y los ojos abiertos, sólo la emoción supo el camino correcto para decir lo que cualquier palabra habría convertido en imperfecto. Lágrimas llenas para palabras huecas. Juntaron sus manos. Sabían que no tendrían tiempo suficiente para recordar todo lo que compartieron ni para contarse lo que no vivieron. Nunca es buen momento para el vals de la nostalgia cuando la ausencia quiebra como aullido y el vacío pesa, duele y rasga. Por eso bastaron unos segundos para que dos rostros a punto de derrumbarse se dijeran lo fundamental. Te quiero, ayer, hoy, siempre.