El bloque de
pisos no se distinguía entre todos los de la calle, entre todos los del barrio
informe: edificios de 6 o 7 plantas forrados de ladrillo visto de diferentes
tonos de marrón, habitados por familias de empleados de clase media tirando a
baja.
Cuando su hermana preguntó quién era, Elisa
dijo su nombre al telefonillo con soltura, como alguien que llega a una casa
donde le conocen y es bien recibido. Aunque ligeramente deformada por un
embarazo incipiente que ni ocultaba ni resaltaba con la ropa, era alta, delgada
y con un porte cargado de dignidad. En silencio, mientras esperaba la
respuesta, miraba alrededor con curiosidad despreocupada: el jardincito de
enfrente con chopos que empezaban a brotar, los escasos coches baratos
aparcados en batería y una mujer mayor con el carrito de la compra, de vuelta
del mercado, que entraba en el portal de al lado. Sonó la apertura de la puerta
sin ninguna palabra que la acompañara. Sin asomo de duda se dirigió al ascensor
y presionó el botón del piso.
Teresa estaba en la puerta entreabierta tapando
el paso con su cuerpo, ni tan rubia ni tan estilizada como Elisa pero igual de
alta, con una cara de facciones suaves en la que destacaban los ojos claros y
hundidos y la boca fina y seria que también se reconocían en su hermana..
-¿Qué haces
aquí?
-Me voy de
Madrid y quiero ver al niño -dijo Elisa.
La luz de la mañana entraba, amortiguada con
cristales de pavés, por una ventana grande de la escalera. Había cuatro puertas
en el rellano y un vecino había puesto dos macetas de Ficus en un rincón.
-Hicimos un
pacto -exclamó Teresa.
-Quiero ver al
niño- repitió Elisa como si no la hubiera oído.
-Si te vas,
vete. ¿A qué vienes aquí? ¿Qué estás tramando? -dijo Teresa apretando con más
fuerza el quicio y cerrando tras de sí, todavía más, la puerta.
-Me voy a casar
-dijo Elisa con una tranquilidad que contrastaba con la tensión de Teresa.
-Pero ¿A qué
idiota has engañado ahora?-se burló Teresa intentando una risa que se quedó en
mueca. -Y ¿Qué tiene que ver con nosotros?-añadió subiendo la voz -¿Qué
quieres? Vete, cásate con el desgraciado que no te conozca y pare o desembarázate.
Elige. Ya sabes cómo se hacen las dos cosas. No nos necesitas. Lo sabes hacer
todo sin llorar una lágrima Se me hiela
la sangre con solo verte.
-Déjame entrar -dijo Elisa sin inmutarse.
-No. No está en
casa pero no quiero que entres. No quiero que veas ni sus fotos. No quiero que
sepas cómo es. No quiero que te vea nunca. No lo quieres.
-No pero, quiero
verlo. Curiosidad, supongo.
-No vuelvas, nunca -sollozó
Teresa dando un giro brusco, entrando en la casa y cerrando la puerta.