viernes, 4 de octubre de 2013

Contra el papel

El amor es una lucha constante contra la muerte
que en este momento acecha,
bajando por las paredes
en una cascada de sombra que gotea.

Las verdades tóxicas nacen de la tinta.
Nos gusta hacernos daño contra el papel,
como si al rasgar con el bolígrafo
atentáramos contra el propio corazón.

Cuando miras a otro lado,
me convierto en poeta de los rincones
y son versos casi épicos
que siempre se quedan dentro.

Carbón desgastado que en llamas aniquila,
fauces de chacales hambrientos,
es un miedo abisal
que nos arrastra a un lugar contrario.

Y tú te elevas un poquito y tiemblas.
Y yo suspiro una palabra y caigo,
y la cobardía huele como el azufre,
como almas condenadas al fracaso en una habitación.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La despedida

El bloque de pisos no se distinguía entre todos los de la calle, entre todos los del barrio informe: edificios de 6 o 7 plantas forrados de ladrillo visto de diferentes tonos de marrón, habitados por familias de empleados de clase media tirando a baja. 
Cuando su hermana preguntó quién era, Elisa dijo su nombre al telefonillo con soltura, como alguien que llega a una casa donde le conocen y es bien recibido. Aunque ligeramente deformada por un embarazo incipiente que ni ocultaba ni resaltaba con la ropa, era alta, delgada y con un porte cargado de dignidad. En silencio, mientras esperaba la respuesta, miraba alrededor con curiosidad despreocupada: el jardincito de enfrente con chopos que empezaban a brotar, los escasos coches baratos aparcados en batería y una mujer mayor con el carrito de la compra, de vuelta del mercado, que entraba en el portal de al lado. Sonó la apertura de la puerta sin ninguna palabra que la acompañara. Sin asomo de duda se dirigió al ascensor y presionó el botón del piso. 
Teresa estaba en la puerta entreabierta tapando el paso con su cuerpo, ni tan rubia ni tan estilizada como Elisa pero igual de alta, con una cara de facciones suaves en la que destacaban los ojos claros y hundidos y la boca fina y seria que también se reconocían en su hermana..
-¿Qué haces aquí?
-Me voy de Madrid y quiero ver al niño -dijo Elisa. 
La luz de la mañana entraba, amortiguada con cristales de pavés, por una ventana grande de la escalera. Había cuatro puertas en el rellano y un vecino había puesto dos macetas de Ficus en un rincón. 
-Hicimos un pacto -exclamó Teresa.
-Quiero ver al niño- repitió Elisa como si no la hubiera oído.
-Si te vas, vete. ¿A qué vienes aquí? ¿Qué estás tramando? -dijo Teresa apretando con más fuerza el quicio y cerrando tras de sí, todavía más, la puerta.
-Me voy a casar -dijo Elisa con una tranquilidad que contrastaba con la tensión de Teresa.
-Pero ¿A qué idiota has engañado ahora?-se burló Teresa intentando una risa que se quedó en mueca. -Y ¿Qué tiene que ver con nosotros?-añadió subiendo la voz -¿Qué quieres? Vete, cásate con el desgraciado que no te conozca y pare o desembarázate. Elige. Ya sabes cómo se hacen las dos cosas. No nos necesitas. Lo sabes hacer todo sin llorar una lágrima  Se me hiela la sangre con solo verte.
-Déjame entrar -dijo Elisa sin inmutarse.
-No. No está en casa pero no quiero que entres. No quiero que veas ni sus fotos. No quiero que sepas cómo es. No quiero que te vea nunca. No lo quieres.
-No pero, quiero verlo. Curiosidad, supongo. 
-No vuelvas, nunca -sollozó Teresa dando un giro brusco, entrando en la casa y cerrando la puerta.

martes, 1 de octubre de 2013

Una mirada

Al abrir los ojos, volvieron a ser dos. Ella. Él. Ambos. El mundo quedó reducido a las sillas y la mesa de madera que los separaba en silencio. El circo ambulante y febril de lo ajeno se extinguió en un relámpago de memoria y sentimiento. En apenas un segundo, veintitrés años de ausencia habían quedado reducidos a un instante, a un parpadeo que unía en lágrimas la despedida y el reencuentro de quienes se amaron con la feroz sencillez de los que son libres para hacerlo. Con los labios cerrados y los ojos abiertos, sólo la emoción supo el camino correcto para decir lo que cualquier palabra habría convertido en imperfecto. Lágrimas llenas para palabras huecas. Juntaron sus manos. Sabían que no tendrían tiempo suficiente para recordar todo lo que compartieron ni para contarse lo que no vivieron. Nunca es buen momento para el vals de la nostalgia cuando la ausencia quiebra como aullido y el vacío pesa, duele y rasga. Por eso bastaron unos segundos para que dos rostros a punto de derrumbarse se dijeran lo fundamental. Te quiero, ayer, hoy, siempre.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Triunfo y derrota

Sintió un profundo sentimiento de fracaso. En sus quince años como boxeador, a John “Thunder” Twain le habían roto el cuerpo más veces de las que podía recordar, pero nunca el alma. En sus sesenta combates, a John “Thunder” Twain le habían gritado de todo en un ring, pero nunca campeón. En sus veinte derrotas, a John “Thunder” Twain siempre le habían mirado su mujer y su pequeño con orgullo o con pena, pero nunca con vergüenza. En sus cuarenta victorias, a John “Thunder” Twain le gustaba creer que siempre había ganado a rivales peores que él, pero nunca mejores. A sus treinta y ocho años, a John “Thunder” Twain le agradaba pensar que los únicos golpes que le había dado la vida fue lejos de un ring, pero nunca dentro. Pero aquella noche, entre flashes y aplausos, con decenas de personas desconocidas levantando su cuerpo sudado y amoratado, coreando “Thunder” y “campeón” como si todos los ángeles del cielo hubieron apostado por él, John “Thunder” Twain miró a un rincón del ring. Allí, como un gigante herido, respiraba profunda y entrecortadamente Travis Johnson III, el antiguo campeón, el coloso negro que había sacrificado años de esfuerzo por un puñado de dólares, el ídolo que se había dejado vencer; el campeón que le había derrotado cayendo a la lona. Y, en ese instante, John “Thunder” Twain comprendió cuánto fracaso puede haber en una victoria.

martes, 17 de septiembre de 2013

El último día de Ray Holson

El último día de su vida, la albóndiga conocida como Ray Holson se despertó a la una de la tarde en un sofá de tres plazas y dos millones de gérmenes flanqueado por un pequinés a medio castrar llamado “Pequeño Conan”, una yonqui a medio follar llamada “Pequeña Cindy” y un porro a medio fumar llamado “Pequeño porro”. Más allá, la suciedad y el desorden transformaban su casa en el vientre de un camión de la basura. Jonás engullido por la mierda. Náufrago de su propio caos y prisionero de un cuerpo que daba un nuevo significado a la palabra “sebo”, Ray Holson se incorporó con tranquilidad, depositando con cuidado al pequinés encima de las tetas marginales de aquella adolescente enganchada a las drogas y a los mentirosos con sobrepeso. Paseó su desnudez sobre una alfombra de catálogos japoneses de lencería hasta que encontró su chándal azul celeste con olor a infierno. Convertido en un globo aerostático patrocinado por Adidas, fue a la cocina a prepararse un café. Entonces ocurrió el hecho que cambiaría su vida: no quedaba leche, al menos dentro del tetrabrik donde debía estar. El tiempo se detuvo y el cerebro de Ray Holson se debatió entre tres ideas: penetrar al pequinés, sacar a la yonqui a pasear o bajar a comprar un paquete de leche. El portazo despertó al pequinés, que empezó a lamer, y a la yonqui, que puso los ojos en blanco. 

La coctelera anteriormente conocida como ascensor bajó seis pisos, abrió las puertas y regurgitó a Ray Holson. Éste avanzó por el vestíbulo canturreando Smells like teen spirit como si tuviera el oído que se cortó Van Gogh. En su cabeza empezaban a desperezarse planes que iban desde la dominación mundial hasta la erradicación de la malaria en Nueva York. Y, al salir a la calle, pasó. Pasó la vecina del octavo, Lindsay Morrison, de noventa y seis años, en camisón y sin dentadura, con toda la furia de una suicida en caída libre que se sentía estafada por la vida y la seguridad social, aunque no en ese orden. Había decidido tacharse de la existencia. 

En el vecindario, sólo el pequinés lloró la muerte de Ray Holson.